Buscar en este blog

sábado, 31 de marzo de 2012





EL ARTE DE PERDER



Hay recuerdos que permanecen atados a nuestras vidas, musgo verde que envuelve las piedras del camino. Tendida en su cama, enferma, muy enferma, Ana Rosa veía cerca el final. Un día llegué de colegio y prendí la radio. Sonaba una música guapachosa, contagiosa. Comencé a bailar frente al cuarto donde se encontraba mi mamá. Me miró y sus ojos se iluminaron de alegría. Con mucho esfuerzo intentó levantarse de la cama. La ayudé y cuando logró ponerse de pie, me abrazó y me dijo: -Bailemos-.Por supuesto que obedecí y por un momento vi a una mujer vital que recobraba en ese instante su energía, su gusto por la fiesta y el deseo de sentir la emoción que produce la música.


Ese momento, único para mí, me acompaña siempre. La veo sonreír, dar una vuelta de baile, tararear la canción.Cuando finalizó la pieza musical, me dio un beso y regresó a la cama. A los pocos días, falleció.

Si todos los recuerdos permanecieran en nuestro cerebro, necesitaríamos un disco duro con memoria infinita. A veces, cuando conversamos con personas con las cuales hemos compartido etapas de la vida-la escuela, el colegio, el equipo de fútbol- surgen historias en las cuales fuimos protagonistas y se escuchan como si fueran nuevas. Para nosotros, esa vivencia particular fue desaparecida sin miramientos, mientras que para el relator, permanece vigente.


Leo en EL MALPENSANTE un poema de la escritora Elizabeth Bishop (1911-1979), "UN ARTE":




El arte de perder se domina fácilmente;

tantas cosas parecen decididas a extraviarse

que su pérdida no es ningún desastre.


Pierde algo cada día. Acepta la angustia

de las llaves perdidas, de las horas derrochadas en vano.

El arte de perder se domina fácilmente.


Después, entrénate en perder más lejos, en perder más rápido;

lugares y nombres,los sitios a los que pensabas viajar.

Ninguna de esas pérdidas ocasionará el desastre.


Si la memoria es selectiva, ¿qué criterio aplica para decidir lo que debe permanecer o quedarse?
¿Qué pasó con aquellas prisas que en su momento parecían formar parte de los actos imprescindibles, ineludibles? Muchas vivencias que en su momento nos parecían fundamentales ni siquiera conservan hoy un espacio reducido en nuestra mente. En cambio, otras, menos trascendentales otrora, permanecen frescas.Aquella vez que atravesamos con el corazón a punto de estallar un tubo tendido a más de 20 metros de altura, porque tocaba, porque los chicos con los cuales nos encontrábamos habían decidido plantear ese desafío y no había modo de evitarlo; Esa otra ocasión en que de chicos decidimos un día ir a robar naranjas en una finca y el celador nos echó plomo.



Perdí el reloj de mi madre. Y mira, se me fue

la última o la penúltima de mis tres casas amadas.

El arte de perder se domina fácilmente.




Perdí dos ciudades, dos hermosas ciudades.Y aun más:

algunos reinos que tenía, dos ríos, un continente.

Los extraño,pero no fue un desastre.



Pienso en tantos jóvenes que marchan al extranjero en busca de mejores oportunidades y dejan aquí guardado el cofre de sus experiencias, mientras que alistan el saco vacío que se irá llenando con nuevas vivencias. ¿Cuáles pervivirán con el paso del tiempo?


Incluso al perderte (la voz bromista, el gesto

que amo) no habré mentido. Es indudable

que el arte de perder se domina fácilmente,


así parezca(¡escríbelo!) un desastre.
































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































martes, 27 de marzo de 2012








MI BELLA KASAJA


Era pecosa, de piel blanca, con rasgos orientales delicados (Kasajastan). Ese día nos invitaron a almorzar en un restaurante ubicado en el centro de Tokio. Profesores de diversos lugares del mundo habíamos sido invitados a realizar un tour educativo y cultural por el Japón. Dado el amor que siento por ese país, mi organismo se encontraba en un estado de efervescencia que me llevó a enfermarme días antes del viaje. Como pude, me "recuperé" y partí a la tierra que me había regalado la poesía más breve, sensible y natural, el haiku, el cine de Kurasawa y el budismo.

Me senté al lado de los latinoamericanos a departir una comida de sabores, colores y formas extrañas para mi gusto provinciano. De un cofre sacábamos porciones pequeñas de verduras, pescados, sopas llenas de cosas desconocidas, tallos, arroces. Intenté manejar los palillos y derramé varias veces la comida. Ah difícil manejar esos palillos. Yo estaba avergonzado, mis amigos chilenos y brasileros parecían nativos en el uso de los palitos delicadamente decorados con motivos japoneses tradicionales. Una joven de kimono se acercó y me pasó un tenedor. Por fin pude probar ese almuerzo tan sofisticado, en el que cada bocado me sorprendía por la diversidad de sabores. La guía, para mi desconsuelo, nos contó que para muchos japoneses el uso del cuchillo y el tenedor se asemejaba más con otras prácticas que con el acto de ingerir alimentos.

Había al fondo del restaurante un lago lleno de peces y patos, rodeado de un jardín de flores preciosas. Me levanté y me fui a disfrutar del paisaje sobrio del estanque. Había allí varias personas que departían alegremente. Me pareció que debían provenir de esos países de Europa Oriental, con sus rasgos mongoles-Más ella, que resplandecía como un hada junto al lago-. Por un momento olvidé los peces, el estanque y me dediqué a mirarla. De pronto, alzó su mano y saludó a alguien detrás de mí. Volteé a mirar y no había nadie. -¿Seré yo, maestro?- Volví mi mirada al grupo y ella me sonrió. Otra vez pensé que el destinatario de esa sonrisa era otro.

La isla de MIYAJIMA es de una belleza inigualable. Situada cerca de Hiroshima, se le conoce como la isla donde conviven dioses y hombres. Ciervos, ardillas pasean por el lugar y no se alteran ante la presencia de visitantes ruidosos que disparan sus cámaras sin cesar. Hay en aquel lugar un santuario sintoísta, famoso porque allí se celebran bodas. También se erige un templo budista, ubicado en lo alto de una colina. En grupos recorremos el lugar. Al acercarnos al templo budista, me choco con mi kasajana. -Perdón- le digo. Me mira y veo en sus ojos el reflejo de los bosques circundantes. Haciendo gala de mi inglés macarrónico le digo algo. Me llamo Mara, me dice en un inglés igual de malo al mío. Recorremos un sendero y conversamos-es un decir-.Hay en el ambiente un aire cálido y las flores parecen inclinarse a nuestro paso( en verdad, por mi atolondramiento pisé un jardín completo). De regreso, nos ubicamos en la parte alta del barco y nos deleitamos con el mar en calma.

Al otro día, a la hora del almuerzo, nos encontramos de nuevo en hiroshima. Ella estaba sentada en el piso, pues el restaurante tradicional no poseía sillas. Intenté hacerme a su lado. El golpe de un camión me envió de bruces al suelo. Al levantarme vi una mujer enorme, como un oso siberiano. Era una de las mujeres de la delegación rusa. A su lado, otro oso, más grande, se ubicaba al pie de mi kasaja. Ella frunció el ceño y con ademán triste me señalo a las dos bestias rusas. -Son mis compañeras de habitación-.

Almorcé sin gusto, sobándome a cada rato mi espalda, que sentía destrozada. Observé de reojo a mi kasaja y a las dos rusas. Mi chica-es un decir- comía de un plato diminuto. Junto a este, conté por lo menos diez platos abundantes, que las dos rusas devoraron en cosa de minutos. Intenté acercarme a la chica, pero una rusa-ahora me parecía un elefante- se interpuso entre nosotros. Mi kasaja me pasó discreta un papel que escondí atemorizado en mi bolsillo. -Bye- dijo con una voz de trueno la osa. -Vieja jijue..- le dije con sonrisa esplendorosa y pensé que lo único que faltaba era que las rusas supieran español. Huí como pude del lugar.

En la noche, me encontré con mi kasaja. Caminamos por calles llenas de luces diversas, observamos las hordas de viajeros del metro y cenamos en un restaurante sencillo. Al salir le tomé su mano. Cálida, suave. Al doblar una esquina, trOpecé con un transeúnte enorme. Al voltearme para pedir disculpas, vi a una de las rusas que como un tren sin frenos se dirigía hacia mí. Mi chica se atravesó y logró impedir una colisión fatal- para mí-.Como pude le dije que nos viéramos más tarde en el bar del hotel.

Allí estaba en la barra. Lucía un vestido de colores, suelto, que la hacía más hermosa. Conversamos un buen rato. Me contó que era profesora de alemán en un colegio femenino de Astana. Su marido, un ingeniero de obras, trabajaba para una empresa rusa. Le hablé de mi país, de las tardes soleadas y los palos de mango, del río perezoso en las mañanas de sopor, de los loros, de la música y ...de su hermosura. La conté del gusto por el baile de mis paisanos y me pidió que le enseñara a danzar como la gente del caribe. -Of course- respondí y me preparé para una noche de farra. Al llegar al hotel, me aprovisioné de una cuantas botellas de vino y salí a buscar a mi chica.

Era un poco tarde en la noche, así que decidí hacer la fiesta en el pasillo de la habitación de la chica. Pronto se nos unieron otros pofesores y mi kasaja bailó para mí un ritmo suve al vaivén de sus manos y de su cuerpo sutil. Cuando me tocó el turno, les mostré mis habilidades dancísticas que más parecían las de un mico de Borneo. Llovió el vino, unos rusos-estos parecían gacelas- nos ofrecieron caviar. Ingleses, chilenos, brasileros, dominicanos, armenios, azerbayanos, peruanos y toda una caterva de babélicos profesores descubrimos la solidaridad internacional alrededor del vino y la fiesta.


Luego de dos horas, escuchamos una alarma. -Otro temblor-pensé. Y seguimos la fiesta. Quise decir un discurso garciamarquiano cuando un japonés de traje impecable lanzó un grito que enmudeció la rumba. -A dormir- dijo. Todos obedecimos sin decir palabra. Aproveché para irme junto a mi kasaja que me cantaba canciones folclóricas de su país en mi oído. Ella abrió la puerta de su habitación y yo intenté entrar cuando me vi elevado en el aire, zarandeado por un brazo descomunal. Eran las rusas espantosas. Intenté protestar y una de ellas me dobló un brazo. La otra, con gesto imperativo le señaló a mi kasaja que entrara en su cuarto. Ella obedeció sin chistar y yo me apresté a sufrir un juicio sin posibilidad de defensa. Una de las osas me miró con ojos de asesina y me dijo: She´s a muslim-. Como pude me solté de la llave férrea de mi guardiana y salí corriendo, con tan mala suerte que me resbalé en unas botellas de vino y caí como una arepa en el piso. Vi, de reojo, que las dos mujeres se encaminaban a donde yo yacía y haciendo de tripas corazón me levanté y corrí no sin antes gritarles:-Estalinistas de mierda-.


Esa noche no pude dormir, no sé si a causa del dolor en mi brazo, de la verguenza de la paliza que me propinaron esas arpías o de la decepción por no haber disfrutado de una noche de pasión en Tokio con mi kasaja.

Al otro día la vi de nuevo. iba enmedio de los dos tanques de guerra. Al pasar por mi lado, levantó tímida su mano. Las dos rusas miraban con aire marcial hacia el frente. Allá iba, presa, sin esperanzas, mi única posibilidad amorosa en Oriente. Allá, sujetada por dos gorilas de la KGB mi bella kasaja. Ahí yo, solitario, en medio de la muchedumbre. Bye.

jueves, 22 de marzo de 2012






LA LLUVIA Y LA CAMPANA

Vuelven las lluvias a Guaduas y de nuevo los tejados nos interpretan su sinfonía mojada. Caen las gotas y el clima se torna frío. En las noches, las calles se despueblan y nos recogemos en nuestras casas y echamos un vistazo a techos y paredes en busca de las infaltables goteras.

Ver llover entraña sufrir una transformación especial en nuestras vidas.La lluvia, ruidosa, tiende a motivarnos a pensar hacia adentro. Una calma suave nos transporta a estados primigenios en los que mujeres y hombres nos conectamos con la tierra, y los olores y sabores adquieren matices de mundo recién descubierto.

Llueve. Nuestros pensamientos se despojan del frenesí y recorren la intimidad que habita escondida en algún recodo de nuestro cerebro. La habitación se transforma en cueva primitiva y experimentamos la sensación de fragilidad y de catástrofe, como imagino debieron experimentarla los seres primitivos que al amparo de sus refugios precarios vigilaban anhelantes el paso de las horas.

La lluvia pertinaz es el campanazo que nos recuerda, como la campana del monasterio de Gion, "la caducidad de todas las cosas.En el color siempre cambiante del arbusto de shara se recuerda la ley terrenal de que toda la gloria encuentra su fin.Como el sueño de una noche de primavera, así de fugaz es el poder del orgullosos.Como el polvo que dispersa el viento, así los fuertes desaparecen de la faz de la tierra"(Heike Monogatari).

Alguien se queja en la noche. El frío de la lluvia desata los males del cuerpo. En la madrugada, esa vieja lesión reclama nuestra atención, la tos se rebela y grita. Unos gatos buscan refugio en algún rincón de la casa. Se oyen voces lejanas. En la penumbra, juegan los fantasmas.

"Esta tarde vi llover/vi gente correr/ y no estabas tú", canta Armando Manzanero. Expresión tan bella para definir la ausencia del ser amado. Poema de la ausencia, nota triste que se escucha en la vastedad de la ciudad. Cualquier alero es manto protector.Sin ella.

Tal vez el efecto más duradero que nos produce la lluvia se llama resiliencia. La capacidad para comprender que la hoja mecida por la corriente del agua resiste sus embates. La lluvia es como el aguijón que nos enseña la brevedad de la existencia y la fortaleza que nos permite amar las cosas que nos rodean.

Miro las gotas que caen de las hojas. Puras, transparentes, como el hecho de existir y amar y buscarle sentido a lo que hacemos. Y descubro una luz ligera, que asoma tímida en un pedacito de cielo.


lunes, 19 de marzo de 2012





LAS MINORÍAS Y LA LIBERTAD


Barbara Johnson se acercó a recibir la comunión en la iglesia de St. John Newman, Gaithersburg, EE.UU. El sacerdote Marcel Guarnizo, párroco de la iglesia, se rehusó a darle el sacramento. Ese día se realizaba el funeral de la madre de Barbara. Así lo cuentan los periodistas Michael S. Rosenwald y Michelle Boorsken, del WASHINGTON POST.

Barbara,que tiene cincuenta años, ha sido una lesbiana militante en su comunidad y fue esta la razón que argumentó el sacerdote para tomar esta decisión. Además de católica, la mujer es budista y profesora de educación artística en un colegio del lugar. Guarnizo es un sacerdote que ha participado en actividades de protesta contra clínicas donde se realizan abortos y firmó un documento en el que acusa a varios políticos católicos de poseer ideas "moralmente repugnantes" por apoyar los matrimonios gays. El sacerdote realiza con frecuencia viajes a Europa con el fin de promover el libre mercado a través de valores religiosos conservadores.

La Arquidiócesis de Washington acusó a Guarnizo de amenazar a su personal de la parroquia y lo relevó de sus labores sacerdotales. La respuesta del sacerdote ha sido la de rechazar el castigo y ha recibido el apoyo de sectores católicos. Además, considera que la sanción no tiene valor legal, pues al haber sido ordenado en Rusia, depende del Arzobispo de aquella jurisdicción.

Escucho los cantos de guerra que se extienden por el mundo en aras de limpiar de la faz de la tierra la" escoria" conformada por homosexuales, transexuales, bisexuales, inmigrantes, negros, latinos, sudacas, musulmanes, africanos, pobres. Una mezcla despreciable que merece el exterminio. Y como la vida es más compleja que las ideologías, blancos pobres se descubren de la misma condición de los inmigrantes, se destapan escándalos de abusos sexuales cometidos por miembros de congregaciones religiosas, se descubre la doble moral de censores y perseguidores de prostitutas y homosexuales. En Colombia se considera más grave ser gay que haber usado el poder del congreso para apropiarse de bienes públicos, tal como ocurrió con un partido político, depositario único de la moral ciudadana.

A la pérdida de conquistas sociales como la estabilidad laboral, la separación de iglesia y estado, la libertad de expresión, el derecho a la salud y la educación se suma la beligerancia de sectas, grupos y congregaciones que amparados en el pasaporte de la voluntad divina, arremeten contra minorías cuyo único destino parece ser la exclusión, el rechazo, el castigo y la muerte.

¿Con qué comparar la vida en este mundo? La estela blanca de un bote que navega en el crepúsculo. Nada y todo. A pesar de lo efímero de nuestras vidas, cada momento se yergue como una totalidad. Por eso, el bien más preciado consiste en apreciar y defender el valor de la libertad, ave que vuela sin ataduras en el horizonte. Tanta intolerancia perversa debe ser rechazada con la fuerza que nos da saber que lo bello y lo justo existe en cada pliegue, en cada recodo de la existencia. A pesar de todo.

Cerezos en la noche;
si más me alejo
más vuelvo a mirarlos.
(Tomiyasu)





lunes, 12 de marzo de 2012





UN REGALO PRIMAVERAL


Hace cien años, Japón le regaló a la ciudad de Washington un buen número de árboles de cerezo que fueron sembrados en Tidal Basin. A lo largo de un siglo, los cerezos han ofrecido a los habitantes de la capital estadounidense sus más bellas floraciones, para deleite de los paseantes y habitantes de esta zona.

Los árboles de cerezo alcanzan un periodo de vida de cincuenta años en Norteamérica, por lo que muchos de los cerezos donados han muerto. Sin embargo, sobreviven unas cuantas docenas y a pesar del desgaste natural que les ha ocasionado el paso de los años, se aprestan a lucir sus mejores galas en la celebración de su centenario: Cerezos en la noche/ si más me alejo/ más vuelvo a mirarlos (tomiyasu Fusel).

Imagino a un buen número de personas acudiendo alborozadas a apreciar los cerezos en flor, que contra todo pronóstico continúan ofreciendo un espectáculo que reconforta los ojos y el corazón:
A la sombra de los cerezos en flor/ personas del todo extrañas/ no hay ya (Issa).

Por estos días se celebra en Japón una fiesta de la contemplación:miles de japoneses acuden a los parques y avenidas a observar los cerezos en flor que exhiben sus tocados delicados y nos recuerdan la maravilla que entraña la brevedad de las cosas y la magia de la eternidad en cada momento.

En Colombia existe una tradición bellísima, la de los jardines en el patio de la casa. Hablo por supuesto de lugares donde todavía es posible contar con buenos espacios para destinarlos al disfrute visual de sus moradores y de los que visitan estas casas. En Guaduas, la señorita Lúa posee un jardín muy particular, en el que se mezclan las flores con árboles frondosos, en arreglos y disposiciones nacidas del gusto que otorga el contacto diario y amoroso con la vegetación. Tan hermoso como éste, el de la familia Ávila, en el Vallado, vía a San Joaquín. Y otros y otros.

Declaro mi amor sin límites por los jardines antioqueños, o dicho de otra manera, del gusto de los antioqueños para convertir, por ejemplo, el frente de una casa en jardín. Si no me creen, ahí están Guatapé y El Jardín, dos pueblos que siembran belleza en sus casas, en las paredes, los balcones, en los patios. Donde sea.

De Bogotá digo que el clima y la tierra conspiran para producir las flores más coloridas y sorprendentes de Colombia. Dos ejemplos: los jardines de la Universidad Externado de Colombia y la Casa Museo Chicó, pero olvidé mencionar ....

En la literatura, Nezahualcoyotl(1402-1469), el poeta náhuatl, expresó:

Nos ataviamos, nos enriquecemos con flores, con cantos: ésas son las flores de la primavera: ¡con ellas nos adornamos aquí en la tierra! Hasta ahora es feliz mi corazón: oigo ese canto, veo una flor. ¡Qué jamás se marchiten en la tierra!

Las flores no logran ocultar el temor por aquello que parece llegar de lejanas tierras. La belleza es apenas un tinte ligero que oculta el horror de la invasión. Flores rotas, el imperio ha sido derrotado.

Brotes primaverales, explosión de colores en el trópico, la vida que bulle atrevida a cada momento- y el encanto del placer: Entonces uno s versos del vate chileno Gonzalo Rojas:



Cítara mía, hermosa muchacha tantas veces gozada en mis festines carnales y frutales, cantemos hoy para los ángeles, toquemos para Dios este arrebato velocísimo, desnudémonos ya, metámonos adentro del beso más furioso, porque el cielo nos mira y se complace en nuestra libertad de animales desnudos.








Padre Jorge, segundo de derecha a izquierda


Catedral de Guaduas


Colegio Parroquial La Consolata

PADRE JORGE

¿Se acuerda, padre Jorge, de aquellas charlas sobre cine y gastronomía en los raticos del descanso en el colegio Parroquial? Aprendí de usted cosas especiales sobre platos, sabores y sazones y más aprendí de usted a medida que lo conocía. Aprendí de usted a comprender a los demás, sin importar su militancia política, su adherencia a grupos religiosos, el estatus social o sus inclinaciones sexuales. ¿Dónde aprendió tanto de cine, padre?

Un no creyente en un colegio católico en el que viví y trabajé con libertad y donde tuve la fortuna de conocer a personas como usted, padre Jorge, que me aceptaron como soy. ¡Cómo disfrutábamos las reuniones sociales, con su paciencia infinita para soportar chistes malos, bromas pesadas y discusiones insípidas. Aprendí pronto que usted, al igual que el padre Adolfo, poseía una formación intelectual y una sensibilidad que desbordaba las de sus maestros, aunque tenía el tino para pasar de agache, sin aspavientos, como quien no quiere la cosa.

Muchas veces lo vi atendiendo a los feligreses que acudían en busca de sus consejos, de su generosidad. A todos los atendía con la entrega y el amor que usted poseía en abundancia. Con palabras de aliento, con el conocimiento que encontró en su lectura honda del libro sagrado de los católicos, con la paciencia y la delicadeza que hacían que los que lo rodeaban hallaran un alivio para sus problemas.

¡Cómo le encantan los viajes! Tuvo usted la oportunidad de visitar México, Puerto Rico y los Estados Unidos y fui afortunado al escuchar sus relatos fascinantes. Intentó vincularse a una parroquia en la tierra de Lincoln.Estoy seguro de que usted habría sido un sacerdote estelar en esos lares.

Ahora se nos fue para España. Merecido, usted que ama los paisajes humanos y culturales. Los que aquí nos quedamos añoraremos su amistad, su manera sensible de hacer viva su fe católica. Y nos alegraremos al saber que allá, en la tierra del Quijote, seguirá usted alimentando la vida de las personas con su comprensión, entusiasmo y solidaridad. ¡Viva el padre Jorge!.








jueves, 8 de marzo de 2012







UN AMOR DE SIEMPRE

Muchos años después, frente a un juez de la República, Dagoberto había de recordar aquella tarde en que llevó a Alejandra a Charco Azul. Guaduas era entonces una aldea provinciana a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. -Los declaro marido y mujer- sentenció el juez y así comenzaron cien años de felicidad.

Es bella, elástica, con una piel tierna del color del pan y los ojos de almendras verdes y tiene el cabello liso y un aura de antiguedad que lo mismo podía ser de la Costa que del interior. Viste con un gusto sutil: vestidos de colores que compiten con las mariposas, yines que resaltan su herencia Caribe.

Confieso que ha sido Gabriel García Márquez un eterno compañero de mi vida. Los dos párrafos anteriores parodian a quien me regaló la sensibilidad, el tono para moverme por el mundo con la curiosidad de José Arcadio Buendía. Desde los años setenta del siglo pasado, llevo en mi cabeza la magia de una obra que me descubrió un continente, una percepción de "mundo reciente" que demanda ser contado y que me brindó la experiencia de navegar por la que considero la prosa más elaborada de la lengua española contemporánea.

No sé si es un contagio imposible de erradicar, pero el ritmo que marca mi vida lo produce la obra de ese colombiano generoso que logró motivarme a amar con pasión las tardes de calor y los palos de mango que atraviesan las historias de Macondo, la curiosidad eterna por comprender el movimiento del mundo, la vitalidad de las mujeres, la poesía que se desgaja como palo de agua y nos baña y nos acaricia en abundancia.

Releer los libros de García Márquez, fórmula infalible contra el tedio y la rutina, jarabe eficaz para combatir lo evidente, pócima segura para palpar ramalazos de felicidad.