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sábado, 22 de enero de 2022

 



APETITO POR EL MAÑANA

Qué vívida se me aparece hoy la imagen de un hombre dueño de una pequeña finca, dos hectáreas, sin familia y a quien solía ver cuando caminaba  de muchacho por caminos rurales de mi pueblo. Sentado frente a su casa construida en bahareque y teja de zinc, la mirada puesta en el camino y la radio a su lado, me hacía un gesto con su mano cuando lo saludaba.  ¿Qué pensamientos acompañaban a ese ser solitario en el transcurso de los días? ¿habría aprendido a domeñar la ansiedad presente en el destino humano? ¿Qué pensaría de la muerte, cómo soportaba las enfermedades? Nunca intenté hablar con él, y siempre me acompañó su figura  inseparable del paisaje del lugar. 

Rememoro este hecho a medida que leo un artículo en El País:

-Mi amigo Gonzalo se había quedado sin existencias en el mesón y me había mandado al Híper Usera a hacerme con seis pistolas. Era ya tarde, solo quedaban dos barras, y otra más pequeña. Dos y media. En la cola del súper me precedían una señora latinoamericana y su hijo, que iba disfrazado de algo espantoso con ocasión de Halloween. La mujer estaba dejando los yogures en la cinta de la caja sin prestar demasiada atención al niño, que, con las manos cargadas de dulces y un gesto muy serio, le explicaba a su madre: “Mamá, tengo ganas de que lleguen ya la Navidad y los Reyes”(Entretiempo, Aurora Nacarino). 


Y   anota:

Hay revelaciones que una no espera que la golpeen mientras hace la compra. Así que me volví y lo miré con una sonrisa, más bien una risa, que censuró mi mascarilla. Era viernes por la noche, comenzaba un puente que sería chorreante, pero surtido de chocolates y chucherías. Sin embargo, aquel chico ya aguardaba con impaciencia la próxima fiesta. Y ese apetito por el mañana, cuando todavía no se han consumido las golosinas de hoy, condensa el espíritu de una época. De la nuestra. 


Lejanos los tiempos de ritmos pausados, de calma permanente. Aquel hombre silencioso parece salido de una historia primitiva, ajeno a las dinámicas actuales, en las que la velocidad, la prisa, el afán son la medida de nuestra existencia. Vivimos, nos dice el filósofo corenao Biung Chul Han en el mundo de las no cosas. Hoy la información ha suplantado a los objetos que dotaban de sentido nuestra manera de apropiarnos de la realidad. Los gadgets contemporáneos constituyen el vehículo para navegar en la virtualidad y replantear las relaciones personales de los individuos. La existencia se asume como un vivir el entretiempo, nos dice Nacarino: 

El otoño es apenas la antesala de una Navidad que, llegando antes cada año, nos parece que siempre se retrasa demasiado. Así, los pequeños la convocan llegando Halloween, como aquel del Híper Usera; y los adultos aun más temprano, bien pertrechados de Lotería del Niño recién despedido septiembre. Hace un mes que papá me urge a que compremos decoración navideña y, en su eterno retorno, Twitter discute de nuevo si es o no pronto para que las grandes ciudades hayan colgado las luces. También yo me confieso: hace dos fines de semana que desayuno panettone(Aurora Nacarino, El País).


Un ejercicio de resistencia consiste en palpar, sentir y gozar- y sufrir- el ahora. En desprendernos de la ansiedad que nos causa lo que viene. Tarea por demás difícil, que exige desprenderse de condicionamientos adquiridos por medio de aparatos cuya función es, ni mas ni menos, que separarnos de la realidad y arrojarnos al foso de mundos virtuales determinados por el consumo.

Caminar a ritmo lento, conversar, meditar, apagar el celular.


sábado, 15 de enero de 2022




CARLOS DÍAZ PADILLA

 Sin la cercanía e influencia de personas con quienes compartimos  amistad y afectos en la infancia y la juventud  no seríamos nada. Mi vida ha estado marcada por personajes de quienes recibí las llaves de la curiosidad, la alegría y ese afán incansable por comprender el mundo. Una de ellas, Carlos Díaz Padilla.      

Fue en mis años finales de colegio cuando lo conocí, en un periodo entrañable de mi vida: años setenta. En aquel entonces, Guaduas vivía bajo la égida de Armando Rico Avendaño, gamonal liberal de cuyo poder solo escapaba el aire. Era él quien determinaba el destino y la vida del pueblo, en un momento largo de hegemonía del partido liberal. Carlos Díaz, abogado de profesión, era el antagonista en esta novela de infortunios y caciques. De ironía fina, con el acento costeño y la palabra afilada, ejerció influencia en un grupo de jóvenes contrarios al unanimismo de la época. 


Su casa era el centro de encuentros en los que se debatían temas de actualidad, bajo la mirada benévola de doña Mery, su esposa, siempre amable y  lista a desplegar sus relatos repletos de historias coloridas. Toda una generación de guadueros recibió el diploma de espíritu crítico de las manos de un hombre que nos enseñó a leer a autores fundamentales de la época, en especial de los clásicos del pensamiento socialista. En mi caso, su mayor legado me lo dio el amor que profesaba por la literatura, gracias a la cual leí a tantos autores de hondo impacto en mi vida. 

Conversar con Carlos Díaz era como montar en una nave sin rumbo fijo. Practicaba la hipertextualidad afectiva, que le permitía navegar  de una isla a otra, siempre con la erudición y el apunte certero, irónico. Me atrevo a pensar que él era una suerte de Melquíades sedentario que cada semana nos descubría las novedades del mundo exterior y nos transportaba a realidades nuevas, provocativas. 


Confieso que el  mejor aporte lo recibí de su gusto por la vida, su pasión por la música, su fascinación por la belleza y el inagotable amor por Mery y sus hijos.  Conversábamos en una ocasión cuando sonó en la radio un vallenato, creo de Alejo Durán; interrumpió la charla y tarareó la canción con los ojos cerrados, tal vez rememorando a su tierra natal. 

Muchas veces compartí con ellos almuerzo y tinto y en cierta ocasión terminé siendo su auxiliar , cuestión que hacía con tal de no perderme sus historias y apuntes sobre el gran libro de la historia universal. 


Carlos Díaz es un personaje oculto de Cien Años de Soledad. Lo imagino conversando con José Arcadio Buendía, debajo del palo de mango, con un vaso de jugo de tamarindo en la mano, descubriendo la redondez de la tierra , urdiendo aventuras y soñando con desfacer entuertos en compañía  de don Quijote de la Mancha.


sábado, 8 de enero de 2022




LA DISTANCIA ENTRE LOS DOS

 Una de las mejores maneras de saber que ya entramos en una etapa de la vida asociada con el invierno consiste en interactuar un rato con jóvenes. Tiempo suficiente para descubrir las enormes distancias que nos separan de las nuevas generaciones. 

En mi caso, confieso que he pasado muchas vergüenzas, sofocos y malestares por pretender posar de actual. Ahora que ha pasado diciembre y apenas se escuchan los últimos ecos de las canciones navideñas, nada mejor que repasar los mensajes de pastor López y compañía. "La porra caimanera", de Policarpo Calle, dice: Ojo con la porra/ mujeres vaciladoras/ yo tengo una porra de matacaimán/...es una porra de puro guayacán/y el que quiera problemas/ yo se la castigo/ con la porra caimanera/ y si me vacila una cienaguera/ yo se la castigo con mi porra caimanera.


Bueno,  me imagino a un tipo con un garrote en una fiesta, dando palazos a diestra y siniestra, cual talibán furioso en una escuela de jovencitas. Los asados, otrora motivo de encuentro y solaz han perdido un poco de lustre pues hoy muchos jóvenes- y no tan jóvenes-  rechazan la carne, así que cuando invite a un evento de esta clase, tenga en cuenta a: los veganos, los vegetarianos, los lactoovovegetarianos, ovovegetarianos, pescovegetarianos, flexiterianos, pollovegetarianos,  los que no consumen gluten, los que consumen frutas, preferiblemente amarillas o rojas. Así que preferible dedicarse a mirar arreboles.

En materia erótica, los sinsabores no tienen límite: un piropo, visto antaño como una manifestación elegante de seducción es considerado acoso sexual; los chistes que tanto nos hacían reír son hogaño formas sexistas, racistas, homófobas y despreciables. Y si los homosexuales constituían el hazmerreír de toda reunión, hoy, con justicia, se respeta la diversidad sexual. Que, ni mas ni menos incluye: gais, lesbianas, bisexuales, transexuales, intersexuales, pansexuales, demisexuales, lithsexuales, autosexuales, antrosexuales, polisexuales, asexuales.


Y qué decir  del baile de pareja que reinó durante tanto tiempo, forma de conquista en la que el hombre era el conductor y la mujer la que seguía el paso, en un cortejo de macho vanidoso. Hoy, la pista es de todos, nadie se acompleja por los pasos que ejecuta y da lo mismo integrarse en un grupo de mujeres y hombres, bailar solo o con otros del mismo sexo. 

En materia de pasatiempos, avemaría: Tik Tok, Instagram, facebok, influencers constituyen los referentes comunicativos de los jóvenes, terreno virgen para quienes peinamos canas. La conversación está mediada por los celulares y la virtualidad constituye el espacio idóneo para el face to face. Las conexiones de amistad, eróticas y amorosas cuentan con plataformas eficaces gracias a los algoritmos que todo lo saben.


Yo celebro las actitudes críticas de los jóvenes en relación con valores, costumbres, creencias consideradas incólumes y puestas en cuestión en la actualidad. La preocupación ambiental, el reconocimiento de las diferencias, la puesta en cuestión de ideologías patriarcales son, a todas luces, un avance en el reconocimiento de los  derechos, no solo humanos, pues los animales y el medio también tienen derechos. Así que solo nos queda reconocer la complejidad del mundo cambiante, los tremores inevitables ante el derrumbe de referentes tradicionales  y la constatación de que nada permanece para siempre.

Me miro y me veo como un ser prehistórico, antediluviano, perdido en una  selva virtual, incapaz de balbucir sonidos ante la avalancha de cambios que me dejan sin aliento. Intento sonreír y descubro que hasta los motivos de la risa han cambiado, por lo que me cubro con mi mano para evitar malentendidos y censuras. 



 Escucho la porra caimanera y me emociona el ritmo contagioso del porro, su cadencia, tan invitadora para bailar y pienso que en vez de una porra el hombre de la canción debería regalarles a las mujeres un ramo de flores.

Perdón, ya no se regalan flores.