Existe una conexión entre el sueño y los relatos infantiles: es el abandono de la lógica y la sucesión de hechos y personajes fantásticos, de sucesos cuyo hilo conductor desaparece para dar paso a la imaginación desbordada. Un universo plagado de misterio y contradicciones en el que el asombro y el miedo constituyen la savia que nutre la vida.
Cuando leo relatos a mis nietas, hay un momento en el que ocurre algo, una sensación particular que me traslada a espacios donde el mundo parece adquirir tonalidades que nos arrancan y nos transportan a mundos prodigiosos: un bosque plagado de ruidos aterradores, una casita hecha de dulces, un castillo en el que, sospechamos, habita un ser misterioso, una princesa cautiva, ríos que alojan a sirenas juguetonas y en los valles descansan unicornios inquietos. Un mundo que guarda una secreta conexión con el mundo cotidiano y alimenta los sueños, los anhelos y los temores de niñas y niños del mundo.
Imagino la fascinación de las nietas al entrar en un lugar donde las vitrinas están cargadas de tentaciones dulces, el congelador cargado de helados y paletas susurra la palabra mágica "comeme" y los estantes ofrecen los aditamentos y adornos de ponqués y tortas. Ellas son la versión amable de Hansel y Gretel, con Arnulfa convertida en maga que a cada golpe de su vara mágica convierte el momento en fantasía plena. Allí no existen las fronteras.
Que delicia entrar a lugares como estos en los que los niños los convierten en escenarios de juego y en el que sus mentes dan paso a la imaginación desbordada; de esta manera, construyen sus propias maneras de ser, sentir y hacer.


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