No podemos quejarnos: gracias a las redes sociales, tenemos hoy un sinfín de expertos en todos los campos que nos orientan sobre cómo educar a los niños, cómo reparar relaciones rotas, cómo ejercitar nuestro cuerpo, cómo preparar un alimento, cómo vivir cien años, cómo aplicar técnicas infalibles para alcanzar el orgasmo, cómo comer de manera sana, etc. Todo apunta a redefinir nuestras metas, a adquirir los hábitos necesarios para alcanzar la felicidad. El deber ser.
Sometidos por la tiranía de las nuevas formas de interactuar, chicos y adultos son sometidos a la intervención de influencers, los que determinan el ser a través de las redes sociales. Un deber ser que se experimenta en el presente continuo y se sufre como futuro. Por ejemplo, los padres de familia menores de cuarenta años navegan por aplicaciones que les enseñan cómo criar a sus hijos, cómo educarlos, cómo responder a sus sensibilidades y emociones. El aprender del error, el permitir a los niños actuar de manera espontánea en el juego, en los encuentros con otros ha sido proscrito por los nuevos psicólogos virtuales. Y si bien es cierto que una conversación amplia sobre estos asuntos es necesaria, la actual está determinada por el consumo: comprar como requisito para educar.
Ha sido una constante el dilema entre el ser y el deber ser. Van de la mano y forman parte del proceso ineludible para desenvolverse en el mundo. Lo curioso es que la escuela y la familia han perdido protagonismo en este asunto. Con niños y adolescentes formados en el la manigua de las redes sociales, la autoridad de los padres y la de la escuela perdió relevancia. Hoy influye mas un niño de 7 años que pontifica sobre la alimentación, el ocio, la moda que lo que pueden hacer padres y maestros. Y la paradoja estriba en que los adultos también son influenciados por otros gurúes que dan cátedra sobre lo habido y por haber.
Siento necesaria una revolución contra los empresarios tecnológicos y sus propósitos de convertirnos en zombies tecnologizados. Una revolución que demande una legislación para limitar la dictadura de las redes sociales, que rechace la propensión de las redes a convertir el odio en la nueva forma de interactuar, en rechazar a los políticos que en vez de mejoras sociales se dedican a los fake news y lo mas importante, en estimular formas de interacción que nos acerquen al goce por los ambientes verdes, el consumo básico y el respeto por todas las formas de vida que habitan el planeta. Es decir, una tecnología al servicio del mundo, mas allá de lo humano para dar cabida a la diversidad planetaria.
Todo depende de la rebeldía individual y colectiva ante la presencia apabullante de las redes.
