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domingo, 26 de julio de 2026



ELJARDÍN INTERIOR Y LOS MUROS DEL DESEO

Existe una tentación ineludible que nos habita: la de formar parte del mundo  de personajes cuyas vidas nos parecen atractivas y singulares. Sus viviendas, sus pertenencias, sus estilos de vida se convierten en obsesión al querer parecernos a seres cuya existencia- así sentimos- poseen un aura, una magia de la cual queremos extraer el jugo que nos hará iguales. 

 Escribe Irene Vallejo en El Infinito en un Junco:

En este punto, recuerdo El jardín de los finzi- Contini en la novela de Giorgio Bassani. La he leído y releído muchas veces , y creo que es uno de mis libros favoritos. La gran mansión de los judíos ricos de Ferrara, con su jardín, la pista de tenis y los altos muros que la rodean, representa ese lugar donde quieres ser admitido, pero, cuando te invitan, te sientes un advenedizo inseguro.No perteneces a ese mundo, por muy enamorado de él que estés. Te dejarán entrar durante un solo verano encantado, disfrutar de largos partidos de tenis, explorar el jardín, caer en la red del deseo, pero las puertas volverán a cerrarse. Y ese espacio quedará unido para siempre a tu melancolía. Casi todos nosotros, en algún momento de la vida, hemos espiado desde fuera un jardín de los Finzi-Contini. Para Ptolomeo, era Atenas. Con la memoria herida por la ciudad inalcanzable, fundó el Museo de Alejandría.


Miramos siempre a nuestro alrededor; ansiamos encontrar modelos sólidos que nos motiven a parecernos a ellos- o por lo menos, a disfrutar por un instante de un modelo que resume poder, seducción, riqueza. Esa tentación constante a ser reconocido por alguien a quien consideramos mejor que nosotros.  Por un instante, pertenecemos al jardín de los Finzi-Contini. Luego, regresamos al escalafón asignado por dioses caprichosos, injustos.

En busca de reconocimiento, llenamos nuestras identidades con prototipos inalcanzables. Tal vez sea el siguiente relato el ejemplo sublime de que la identidad verdadera va mas allá de las apariencias:

 Imagina un perro que lleva veinte años esperando. Imagina que aparece un mendigo. Imagina que el mendigo baja la mano para acariciarlo. Imagina que el perro levanta la cabeza y gime de alegría. Emite un gruñido grave y el perro expira. Imagina que el mendigo entra, justo después, a un palacio entre lágrimas, «con el mayor esfuerzo de autocontrol que jamás había necesitado». Imagina que respira hondo, se serena y se recompone. Y, luego, encorvándose de nuevo como un mendigo, gira el pesado anillo de bronce de la puerta y entra en el que, un día, fue su palacio.


El perro es Argos. Y el mendigo, Odiseo(Reseña de la obra Odisea, de Stephen Fry).

La mayor riqueza no está en los jardines ajenos, sino en el alivio que ofrece el jardín interior: ese espacio sin adornos donde la identidad se reconoce a sí misma sin necesidad de espejos prestados.