Dice la canción: "yo tengo ya la casita/ que tanto te prometí/ tan llena de margaritas/ para ti, para ti". La canción se llama "Ahora seremos felices" y expresa la alegría de poseer un lugar donde dar rienda suelta al amor. Hoy, tener una casita se ha convertido en pesadilla. A la lucha por conseguir la casita se suma el de poder conservarla por los costos, los impuestos, la gentrificación y el avance de los urbanizadores voraces. El ladrillo, "convertido en el mayor depósito de riqueza del planeta, se ha transformado en el principal motor de Exclusión" (El País).
El derecho a tener una vivienda se cambió por la vivienda como activo económico:" De un lado, es la mayor reserva de riqueza del planeta. El parque inmobiliario mundial (viviendas, activos comerciales y terrenos agrícolas) alcanzó a comienzos de 2025 los 341 billones de euros, de los que 249 billones corresponden solo a la vivienda, según la consultora internacional Savills. La cifra multiplica casi por veinte el valor de todo el oro extraído en la historia y supera con holgura la suma de las Bolsas mundiales y la deuda global" (El País).
Se derrumban los derechos sociales, se impone el discurso del mas fuerte y la fragilidad de la vida adquiere tonalidades grises. La vivienda como tal se ha convertido en fortaleza- para quien quiere asegurar su capital-, en resguardo- para quien ve la vivienda como protección, refugio-; amenazante, la espada que pende de las cabezas de propietarios menores, terror de los que alquilan viviendas, tesoro para inversionistas y urbanizadores.
Cierto que no hay nada mas imprescindible para alcanzar niveles de bienestar que la vivienda. Espacio de afecto y calor, guarida para soñar y amar. Una lucha contemporánea se orienta a exigir que la vivienda sea un derecho fundamental de la humanidad. Y que se busque siempre el respeto por los bosques, las fuentes de agua limpia, el aire puro.
Ah, se me ocurre que hay otra palabra que expresa bien a la sociedad contemporánea: PLÁSTICO.
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