MEMORIA SAMPERINA: UN LECTOR Y SEÑOR DIGNO DE ADMIRACIÓN
Hace muchos años, leí con fruición "Memorias de Adriano", de Marguerite Yourcenar. Lo leí de un tirón, absorto ante la riqueza de ideas y de historias que pasaban ante mis ojos; además, lo subrayé y escribí muchas anotaciones en las márgenes del libro. No podía contenerme: el libro me entregaba reflexiones sobre el poder, el amor, la vejez, la política, la guerra que nunca había escuchado. Un día, un colega del colegio Samper, al oírme hablar de Adriano, me dijo que quería leerlo. "Por supuesto, pero está subrayado y con muchas anotaciones" , le dije. "No importa", me respondió. A las pocas semanas me lo devolvió. "¿Cómo le pareció? " pregunté. "Formidable", me respondió: Y añadió: " Y disfruté a la par sus anotaciones". Caramba, ha sido el homenaje mas bello que me han hecho en mi vida en tratándose de lecturas. Ese lector se llamaba Álvaro Acevedo, amigo y colega de muchos años.
A Álvaro se lo puede describir con imágenes: siempre arribaba al colegio a las 6:30 a.m. A esa hora, abría el periódico El Tiempo, sentado en su escritorio. Luego de leer aquello que le interesaba, se disponía a resolver el crucigrama, asunto que era "pan comido", pues en cuestión de cinco minutos completaba los cuadros. Su porte, su elocuencia, lo hacían digno de admiración de alumnos y maestros. Alguna vez quise molestarlo, corcharlo preguntándole sobre literatura, medieval. Burlador burlado: me dio una cátedra erudita de autores y obras . Tenga pa' que chupe.
Poseía el don del buen maestro. Creativo, riguroso. Y severo. Nadie se ponía de ruana sus clases. Metódico, ejercía la sabiduría del maestro justo. Famoso era su ademán de rascarse el cuello y soltar un "jeje" cuando alguien en su clase quería pasarse de listo. Amó el Samper y su mejor aporte fue su constancia, su disciplina, su responsabilidad. No solo dominaba las matemáticas: la historia, el arte, la música eran parcelas en las que Álvaro descubría la belleza y la profundidad del conocimiento humano.
Fervoroso escucha del tango, me enseñó sobre cantantes y canciones que escucho igual ahora con deleite. Tardes y noches de farra en la cancha de tejo Tropicana, en los duelos tejísticos, rematados con charlas deliciosas en las que su palabra no solo nos enriquecía sino que motivaba tremendos debates al calor de unos buenos aguardientes.
Su mayor tesoro era su familia. No escatimaba esfuerzos para responder a las demandas hogareñas. A mí me encantaba su estricto sentido del deber y el amor familiar.
Oh, capitán, mi capitán, cuánto lo extraño.
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