Un ejemplo de la manera como cambian las interpretaciones de los clásicos lo señala Máriam Martínez Bascuñan en su reseña de la película "El regreso de Ulises"(EL PAÍS): El héroe que regresa a Ítaca después de 10 años de guerra y 10 de peripecias en su viaje de vuelta; el guerrero debe retomar el trono, ahuyentar a los pretendientes de Penélope, su mujer, quien lo ha esperado pacientemente evadiendo el cerco de asedio de hombres que anhelan desposarla y posesionarse de su reino; y el reencuentro con su hijo, Telémaco.
A esta mirada se opone el cuestionamiento del enfoque feminista: ¿Es en verdad un ser pasivo la mujer que cada día debe rechazar el asedio de hombres obsesionados con posesionarse de su cuerpo para tomar el poder? ¿ Es pasiva una mujer que resiste con astucia los intentos de ser sometida a los deseos de sus pretendientes?
Penélope ha resguardado su reino, mantenido su dignidad intacta, protegido a su hijo y rechazado el ansia de dominio de los hombres sobre su cuerpo y sus deseos. ¿Qué habrá pensado Penélope al ver a Ulises tras 20 años de ausencia? Ulises es otro, no es el mismo hombre que partió a la guerra y que cree que su reino ha permanecido en estado latente aguardando su retorno. El poder concebido por Ulises niega el carácter rebelde de Penélope, asume la hegemonía masculina como el designio eterno de manejo del poder.
Este caso nos evidencia la riqueza que cabe en los textos: el lector aporta sensibilidad, enciclopedia; el texto está allí, para ser interpretado por seres que viven en un tiempo determinado. De esta manera se suceden las múltiples lecturas que en cada periodo enriquecen su comprensión.
El héroe de la Odisea es Penélope, nos dice Máriam.
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