Los comienzos de año poseen un ritual que se repite sin tregua: las promesas de cambio :en el trabajo, en el hogar, en la salud, en el amor, en el deporte y en todo lo que nos parezca trascendente. Implican estas promesas una renovación, el comienzo de una nueva florescencia. Como si el camino recorrido estuviera hecho de piezas metálicas que se retiran para instalar unas nuevas.
En el caso de nosotros, humanos, cargamos el cúmulo de experiencias y legados que no podemos abandonar. Las promesas de renovación tienen una relación con el deseo de arribar al paraíso, de encontrar una senda florida. Una suerte de adanismo que considera el comienzo, las promesas de cambio como hechos frescos, nuevos, sin vínculos con lo pasado.
El cuerpo, el trabajo, el amor, los viajes, los emprendimientos son algunos de los referentes escogidos para el listado de promesas. Supone un esfuerzo, dedicación, disciplina. ¿O acaso sea una aspiración de convertir nuestras vidas el año que comienza en una transformación mágica, un hechizo que nos hace seres nuevos sin esfuerzo?
Kamo No Chomei decidió, a sus cincuenta años, abandonar el mundanal ruido y refugiarse en una cabaña de tres metros cuadrados para meditar, escribir y hacer música. El, autor de "Un relato desde mi choza", fue capaz de semejante hazaña. Japonés tenía que ser. Aquí, en esta parte del globo, tan poco amigos de meditar, de encontrar el nirvana, las promesas, en eso sí, se parecen a los cerezos en flor. Muy bellos y duran poco.
Mejor no hacer promesas de comienzos de año. O tal vez sí: Una sola: ser mejores personas, comprensivas, menos piedrudas. Suficiente.
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